El auto de Miguel se detuvo frente a la casa de Samantha. Bajó, se acomodó la camisa, que ya estaba perfectamente planchada, y respiró hondo. Antes de ir a la oficina esa mañana, había decidido pasar por aquí: necesitaba encontrar a Isabella.
Golpeó la puerta varias veces mientras miraba por la ventana. Momentos después, una voz lo llamó desde dentro, y pronto la puerta se abrió. Allí estaba Samantha, la dueña de la casa.
—¿Sí, señor? ¿En qué puedo ayudarlo? —preguntó Samantha con cortesía, aun