56. No queda de otra
Zinoviy bajó del auto primero y extendió la mano hacia ella sin decir una palabra.
Vasya miró sus dedos largos y fuertes, vacilando. Sabía que negarse solo complicaría las cosas, así que colocó su mano en la de él con reticencia. En cuanto sus palmas se tocaron, él cerró los dedos alrededor de los suyos con esa firmeza posesiva que siempre la desestabilizaba.
El calor de su piel contra la suya fue inmediato, eléctrico. Un escalofrío traicionero le recorrió el cuerpo y se instaló en su vientre.