El alcohol ardía en su garganta, pero Anastasya mantenía la cabeza alta mientras caminaba hacia el baño del club.
Aunque el mundo giraba ligeramente a su alrededor, ella seguía siendo una reina, su postura era impecable, su mirada altiva y una sonrisa peligrosa con la que todos los hombres caían rendidos al verla.
Cuando en el cubículo, por un momento, su máscara cayó.
Se apoyó contra la pared fría, respirando agitadamente. Un dolor brutal y familiar empezó a extenderse por su bajo vientre.
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