Punto de vista de Adrián
Las secuelas fueron una confusión de emociones intensas. Permanecí allí, en la cama, con el cuerpo adolorido y la mente dando vueltas. No sabía qué se había apoderado de mí. Las imágenes de Sofía y Sebastián, los susurros de su pasado, habían desatado una tormenta de furia dentro de mí. La idea de ella con otro hombre, de ella entregándole lo que yo anhelaba, me llevó a la locura. Escuché sus súplicas, sus llantos, pero fueron ahogados por el rugido en mis oídos. Estaba decidido a castigarla, a hacerle entender que era mía, a controlarla, a poseerla. Es mía para amar, para odiar, para torturar. Ese pensamiento resonaba en mi mente, una justificación retorcida para mis acciones.
Ver su piel suave y blanca, sentir su cuerpo bajo el mío, encendió un deseo dentro de mí, una satisfacción perversa por la que me odiaba a mí mismo. A pesar de mi ira, a pesar de la repulsión que sentía por mis acciones, no podía negar el placer que derivaba de dominarla, de escuchar sus