Antes de entrar en la habitación donde estaba el jefe, Lorena se detuvo frente a la puerta y respiró hondo, intentando recomponerse. Necesitaba parecer tranquila. En el instante en que sintió que el corazón se desaceleraba, giró la manija y entró.
Renato ya estaba despierto, recostado en la cama. En cuanto la vio, frunció levemente el ceño.
—¿Dónde estabas? —preguntó.
—Aproveché que dormiste un poco y fui a tomar aire —mintió, acercándose a la cama con una sonrisa suave.
—Debes de estar muy can