Aún sin creer en lo que acababa de oír, Sara se apartó un poco, como si necesitara espacio para organizar sus propios pensamientos.
—¿Casarnos? —repitió, confundida.
—Sí.
Se pasó la mano por el cabello, aún intentando entender.
—Pero ya estamos viviendo juntos.
—Lo sé —respondió él con calma.—Pero, para mí, eso no es suficiente. Quiero casarme de verdad contigo, ¿entiendes? No quiero solo compartir la misma casa, quiero ser tu esposo. Quiero que eso quede claro para todo el mundo.
Aún asimiland