—No… ¡Yo jamás me iré de aquí! —dijo ella deprisa, ya con la voz al borde de la histeria. —Déjame demostrar que puedo ser útil para ti —pidió, intentando persuadirlo. —No necesitas apartarme de esta manera.
—No estoy intentando apartarte —dijo, controlado. —Solo estoy poniendo límites.
Lorena asintió rápidamente, incluso en contra de su propia voluntad.
—Está bien… Respetaré tus límites. No te preocupes.
—Qué bueno que lo entiendes —respondió él, volviendo ya a arreglar la maleta, como si la co