En la casa de la familia Lemos, Sérgio Lemos miraba los contratos esparcidos sobre la mesa del despacho con el ceño fruncido. La empresa que mantenía no era grande, pero de ella salía todo: el sustento de la casa, la estabilidad de la familia, la vida cómoda que luchaba por preservar. Al revisar los papeles una vez más, percibió lo que ya sabía, pero evitaba admitir: entre los pocos contratos que quedaban, solo uno realmente sostenía la estructura de la empresa.
El acuerdo con Renato Salles.
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