En la enorme sala de visitas de la casa, había una fila de empleadas en silencio, observando al jefe sentado en la silla de ruedas. Renato mantenía la mirada fría y seria, mientras tamborileaba los dedos con impaciencia sobre el apoyabrazos de la silla.
Su silencio solo provocaba angustia en la mayoría de ellas, incluidas las que tenían la conciencia pesada. La única que parecía tranquila con toda la situación era Odete, de pie al final de la fila. A su lado estaba Lorena, que parecía sudar frí