Con una destreza maestra, sus dedos se deslizaron adentrándose en lo más profundo, mientras su lengua tejía un torbellino de movimientos para capturar los últimos estremecimientos del éxtasis. Cuando retiró aquel contacto delicioso, Harper dejó escapar un gemido lastimero y con manos ansiosas lo atrajo hacia ella, instándolo a colocarse encima.
Con delicadeza, él la acurrucó de lado y la rodeó con sus brazos, besando las marcas de las lágrimas que humedecían sus mejillas. Harper se dejó envolve