Capítulo 240
Llevo a Alaia al coche y la abrocho en el asiento del copiloto a mi lado. Le doy un par de besos en la mano y cierro la puerta. Me meto en el coche y me siento, mirando al frente. Me muerdo el labio con fuerza y rabia, doy un par de puñetazos al volante, ahogando un sollozo, aprieto la cabeza contra el volante y lloro desconsoladamente. Dios, por favor, protégela, por favor, tráela sana y salva. No quiero nada más. Solo que me la devuelvan.

Una vez que me repongo, conduzco de vuelta a casa. Ala
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