Alejandra tardó más de lo habitual en arreglarse. No porque quisiera impresionar, sino porque nada le parecía correcto. El vestido le quedaba bien, el maquillaje era discreto, el cabello caía suave sobre sus hombros… y aun así sentía que no era suficiente.
Sebastián observaba desde la puerta del dormitorio, con el saco ya puesto, revisando la hora en su reloj.
—Tenemos que salir —dijo, sin apuro, pero sin espacio para discusión.
—Ya voy —respondió ella, tomando el bolso.
Durante el trayecto, el