El despacho de Giovanni estaba impregnado de una calma tensa, tan pesada que parecía aplastar el aire mientras el sonido monótono de una llamada telefónica llenaba el silencio, interrumpido solo por la respiración agitada del hombre al otro lado de la línea.
—¿Qué quieres decir con que no pudiste conseguir la copia del testamento? —Giovanni preguntó, su voz rasposa, filtrando irritación y desesperación a partes iguales.
Estaba sentado en su silla de cuero, los dedos tamborileando sobre su mesa