Giovanni llevaba horas en su despacho, sumido en el trabajo, pero su mente vagaba una y otra vez hacia el mismo lugar: Elena. Cada vez que pensaba en ella, sentía cómo una parte de él cambiaba, se volvía más despiadado, más cruel.
No había remordimiento en su pecho por lo que le había hecho a la criada, ningún peso por la brutalidad de sus acciones. No. Eso no era lo que lo perturbaba.
Sus manos descansaban firmes sobre el escritorio, pero sus pensamientos no se alejaban de lo ocurrido. Bastaba