Giovanni cerró la puerta de su despacho detrás de sí, dejando que el eco de la madera pesada reverberara en el silencio. Sus pasos resonaban firmes y controlados, pero dentro de él, una tormenta de furia amenazaba con desbordarse. Sin detenerse, se dirigió al escritorio y abrió su portátil.
Su mandíbula estaba apretada mientras buscaba entre los archivos de seguridad. Había instalado una cámara en el dormitorio de Elena, una medida extrema que solo él controlaba. Nadie más tenía acceso a esas