El silencio que siguió a su pregunta fue denso, cargado de una tensión palpable que parecía llenar todo el espacio entre ellos.
Marco dejó escapar una pequeña risa, como si la pregunta le divertía más de lo que debía.
Apoyó los codos sobre la mesa, entrelazando los dedos frente a su rostro, sus ojos no apartándose de ella ni un segundo.
—¿Qué quiero que hagas? —repitió, su tono ligero, pero con una profundidad inquietante que hizo que la piel de Elena se erizara—. La verdadera pregunta es… ¿q