El escondite estaba en un paraje remoto, alejado de cualquier señal de civilización. Una cabaña antigua, con paredes de madera descolorida y ventanas que dejaban entrar el frío nocturno, servía como prisión improvisada para Elena.
Sentada cerca de una ventana que apenas dejaba filtrar la luz del atardecer, Elena permanecía inmóvil, abrazando sus rodillas mientras el cansancio físico y mental la consumía. Su mirada, perdida, reflejaba el torbellino de pensamientos que la atormentaban.
Marco ent