El silencio en el pequeño escondite era abrumador, solo interrumpido por el tic-tac del reloj colgado en la pared descascarada. Marco caminaba de un lado a otro, con el ceño fruncido y las manos entrelazadas detrás de la espalda.
Frente a él, Elena yacía en el sofá, inmóvil. Su rostro pálido y la evidente debilidad en su cuerpo habían sido suficientes para alarmarlo, aunque no por razones de genuina preocupación. Marco no podía permitirse que su plan se desmoronara por la fragilidad de ella.
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