Vittorio se detuvo por un instante, pero la sorpresa en su rostro se transformó rápidamente en una mueca de absoluta superioridad. Una risa ronca, fría y desprovista de cualquier rastro de afecto paternal escapó de su garganta, resonando con fuerza en las paredes del vestíbulo. Miró a Ginevra fijamente, ignorando por completo la boca del arma que lo apuntaba directamente al pecho, como si la presencia de su propia hija con una pistola no fuera más que un burdo chiste.
—¿De verdad te crees con e