El despacho permanecía en una penumbra sepulcral, apenas interrumpida por las sombras alargadas que proyectaba la luz de la tarde moribunda a través de los ventanales. El silencio en aquella enorme habitación era tan denso que resultaba asfixiante. Valerio estaba sentado detrás de su imponente escritorio de madera de roble, con la espalda apoyada rígidamente en el respaldo de cuero negro. No se movía, apenas pestañeaba. Su mirada, fija en un punto inexistente de la pared, reflejaba una frialdad