CAPÍTULO 66 — Los cómplices
La noche los envolvía como una coartada.
Sandy todavía tenía el perfume de la casa ajena pegado a la piel cuando Mauro cerró la puerta detrás de ella. No hubo preguntas ni reproches. Apenas un silencio cargado, espeso, que se rompió cuando ella dejó caer la cartera en el suelo y se giró hacia él con una sonrisa ladeada, de esas que no piden permiso.
—Me trajo Gabriel —dijo, como si comentara algo trivial—. Hasta la puerta.
Mauro tensó la mandíbula apenas un segundo. No era celoso en el sentido clásico; lo suyo era otra cosa. No le molestaba la idea de otro hombre, le molestaba la idea de perder territorio.
Gabriel era el hijo de Ortega. Había estado trabajando cerca de Carolina y ahora traía a Sandy hasta la casa. No le gustó ni un poco.
Sandy lo supo en cuanto vio ese brillo oscuro en sus ojos, esa necesidad de marcar, de imponer, de recordar quién mandaba cuando la luz se apagaba.
No hizo falta decir nada más.
Lo que siguió no tuvo ternura