CAPÍTULO 66 — Los cómplices
Sandy todavía tenía el perfume de la casa ajena pegado a la piel cuando Mauro cerró la puerta detrás de ella. Hubo un silencio cargado que se rompió cuando dejó caer la cartera en el suelo y se giró hacia él con una sonrisa ladeada, de esas que no piden permiso.
—Me trajo Gabriel Ortega —dijo, como si comentara algo trivial.
Mauro tensó la mandíbula apenas un segundo. No era celoso; lo suyo era otra cosa. No le molestaba la idea de otro hombre con Sandy. Le molesta