Capítulo — La herida que no cierra
Gabriel se apoyó contra la pared, cerró los ojos un segundo y apretó los puños con fuerza,se contuvo para no golpear algo . El dolor físico sería mínimo comparado con lo que le resonaba en la cabeza.
Quiero el divorcio.
Necesito paz.
Con vos, ahora, no la tengo.
Eso era lo que más dolía.
Ya no le importaba el apellido.
Ni los titulares.
Ni siquiera el idiota de Martín.
Que Carolina lo hubiera expulsado de su vida con una claridad brutal, sin dejar margen a la esperanza, sin abrir una rendija por donde colarse después.
—Gabriel.
Abrió los ojos.
La voz venía de unos metros más allá.
Eran sus padres.
Fiona y Gonzalo Ortega estaban ahí, impecables, fuera de lugar, como si el hospital fuera una extensión natural de su mundo de negocios. Gonzalo hablaba con un asistente que lo seguía como un perrito faldero desde que él tenía memoria, lo hacía en voz baja, pero lo suficientemente alta como para que el oyera. Fiona sonreía, satisfecha, con esa