Capítulo — A oscuras también se decide
El quirófano estaba en silencio.
No un silencio vacío, sino uno cargado de respiraciones medidas, de movimientos contenidos, de una calma artificial que intentaba sostener algo que por dentro estaba a punto de romperse. Carolina yacía sobre la camilla, con el cuerpo inmóvil y la mente todavía demasiado despierta, demasiado alerta para alguien que ya no podía ver.
No veía nada.
O veía apenas sombras que se movían como recuerdos mal enfocados, imágenes incompletas que se deshacían antes de terminar de formarse. La luz era un dolor lejano, una presencia hostil que ardía incluso detrás de los párpados cerrados, como si la claridad insistiera en lastimarla aun cuando ella ya no podía mirarla. Sentía el frío del metal bajo la espalda, el roce del paño quirúrgico sobre la piel, el pulso acelerado golpeándole en las sienes con una fuerza que no lograba controlar.
Cada latido parecía recordarle que estaba ahí. Que seguía viva. Que todavía sentía.
—Ca