Carolina no veía nada y le dolía todo.
El golpe en la cabeza palpitaba, un dolor sordo y constante que le martillaba las sienes. No podía gritar. Estaba bloqueada.
No era oscuridad completa, todavía. Era como si el mundo se hubiera apagado mal, como una luz que titila antes de morir. Sombras espesas, una negrura irregular, un peso detrás de los ojos que no le permitía abrirlos aunque quisiera.
Intentó hacerlo.
Los párpados pesaban kilos.
No pudo.
El cuerpo no le respondía.
Pero el oído sí