Carolina no veía nada y le dolía todo.
El golpe en la cabeza palpitaba, un dolor sordo y constante que le martillaba las sienes. No podía gritar. Estaba bloqueada.
No era oscuridad completa, todavía. Era como si el mundo se hubiera apagado mal, como una luz que titila antes de morir. Sombras espesas, una negrura irregular, un peso detrás de los ojos que no le permitía abrirlos aunque quisiera.
Intentó hacerlo.
Los párpados pesaban kilos.
No pudo.
El cuerpo no le respondía.
Pero el oído sí.
Y eso fue peor.
Escuchó gritos.
—¡Carolina! ¡Hija, por favor…!
La voz de su madre le atravesó el pecho como cuchillas. No la veía, pero reconocía ese tono desesperado, quebrado, ese que solo aparecía cuando el miedo era demasiado grande para sostenerlo en silencio… y en la oscuridad de los ojos de su madre.
Mamá…, pensó.
Quiso decirle que no gritara. Que no era justo que estuviera pasando por esto. Que ella no había pedido nada de esto. Que siempre había intentado ser fuerte para no carg