CAPÍTULO — La visitante que no pide permiso
Sandy entró al edificio central del Grupo Fontes sin anunciarse, sin pedir autorización y sin mostrar nervios, como si ese lugar no le resultara ajeno, como si —aunque no le perteneciera— ya se sintiera parte de todo lo que se movía allí dentro. Lo conocía. Lo había recorrido otras veces, como visita, como sombra, como alguien que siempre observaba desde afuera.
El hall era amplio, luminoso, impecable. Empleados iban y venían con carpetas bajo el brazo, tablets en la mano, conversaciones en voz baja y pasos apurados. Sandy avanzó despacio, observando cada detalle, midiendo el peso real de ese apellido que durante años había pasado frente a sus ojos sin que ella lo comprendiera del todo.
Se acercó al mostrador con una sonrisa suave, ensayada.
—Buen día —dijo—. Busco a Carolina… Carolina Fontes. Soy amiga de ella.
La recepcionista levantó la vista, revisó algo en la pantalla y negó con cortesía.
—La señora Carolina está en reunión en este