CAPITULO — LA CONFESIÓN
—Caro… —murmuré, apoyándome con una mano en la cama para no moverlo demasiado— vení, acostate un rato, ¿sí?
Ella hizo un gesto de cansancio, casi más con los hombros que con la cara. Tenía esa rigidez de quien se sostuvo de pie mucho tiempo y recién ahora se permitía aflojar.
—No … —alcanzó a decir.
—Sí te hace falta —insistí, suave—. Vení, dejame ayudarte.
Me acerqué despacio. Primero le saqué los lentes con cuidado, como si fueran parte de ella, y los dejé en l