CAPITULO — LA CONFESIÓN
—Caro… —murmuré, apoyándome con una mano en la cama para no moverlo demasiado— vení, acostate un rato, ¿sí?
Ella hizo un gesto de cansancio, casi más con los hombros que con la cara. Tenía esa rigidez de quien se sostuvo de pie mucho tiempo y recién ahora se permitía aflojar.
—No … —alcanzó a decir.
—Sí te hace falta —insistí, suave—. Vení, dejame ayudarte.
Me acerqué despacio. Primero le saqué los lentes con cuidado, como si fueran parte de ella, y los dejé en la mesita, justo al lado de las gotitas. Después me agaché, busqué el nudo de los cordones y le saqué los zapatos uno por uno, sintiendo el peso de sus pies rendidos en mis manos. No dijo nada. Solo suspiró.
—Recostate un rato —repetí, acomodando las almohadas detrás de su espalda—. ¿Querés que te ponga las gotitas ahora o en un rato?
—Gabriel… no es necesario —susurró, la voz apagada.
—Sí es necesario —contesté, sin discutir el tema—. Tenés que cuidarte. Tenés que estar bien para mañana.