CAPÍTULO — El mar y el legado
Carolina caminaba despacio entre las góndolas, con una mano apoyada sobre la panza de siete meses y la otra señalando detalles que antes se le escapaban. El local estaba distinto. Más ordenado. Más vivo. No era solo la pintura nueva ni la cartelería renovada; era el clima. Los empleados se movían con seguridad, los encargados sabían qué responder y los clientes volvían a mirar a la gente a los ojos.
—Acá cambiaron la iluminación —dijo—. Está mejor distribuida.
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