Roma luchaba con todas sus fuerzas, pero los brazos de los hombres que la sujetaban eran como tenazas de hierro.
Se debatía desesperada mientras la arrastraban hacia el auto negro que aguardaba en la penumbra.
Desde la ventanilla, alcanzaba a ver los ojos impasibles de los guardias, y una ola de rabia se encendía en su pecho.
Su cuerpo temblaba, pero no era de miedo, sino de furia contenida.
¿Cómo Alonzo Wang se atrevía a invadir su vida nuevamente, después de todo el daño que le había causado?