Roma tocó su mejilla con dedos temblorosos, mientras una carcajada amarga brotaba de sus labios.
La risa resonó como una bofetada en el espacio vacío, y la sangre de su labio roto se mezcló con su furia. Era una risa rota, cargada de incredulidad y desprecio.
—¡Golpéame, Alonzo! —escupió, su voz cargada de veneno—. ¡Claro que lo harás! Porque decir la verdad siempre fue lo único que te hacía daño, y tú… tú nunca soportaste enfrentarte a ella.
Alonzo apretó los puños.
Su mirada se ensombreció, pe