La iglesia resplandecía con una belleza solemne. Lámparas vintage colgaban del alto techo, proyectando una luz cálida sobre las columnas blancas adornadas con rosas rojas.
El pasillo central, tapizado con pétalos de flores, llevaba directo al altar, donde el destino de dos personas quedaría sellado para siempre.
La expectación en la iglesia era palpable.
Los murmullos de los invitados, —importantes empresarios, políticos, y miembros de la alta sociedad—llenaban el recinto como un eco constante.