Roma caminaba lentamente por el pasillo, con el velo cubriendo su rostro y los latidos de su corazón resonando en sus oídos.
Todo a su alrededor se desvanecía; las miradas de los invitados, el murmullo de las voces emocionadas, las luces cálidas de la iglesia… nada existía, excepto él.
Giancarlo, estaba ahí, de pie, esperando por ella, con ese porte de hombre rudo y poderoso, apasionado, pero ella conocía su naturaleza tierna y amorosa, solo para ella.
Sus ojos se encontraron con los de él, y en