Corina y Roma viajaban en el auto.
La carretera avanzaba bajo las luces de la ciudad, pero el silencio entre ellas pesaba más que el motor en marcha.
—¡Amiga, Alonzo Wang es un imbécil! —exclamó Corina de repente, con rabia contenida en la voz—. No puedo creer que alguna vez estuviste con él.
Tomó la mano de Roma con firmeza, casi como si quisiera transmitirle su indignación.
—¡Roma! ¿Ya no sientes nada por él? ¿Verdad?
Roma soltó una carcajada seca, casi irónica.
—Claro que sí. Odio. —Se quedó