Roma llegó a casa después de un largo día, su mente todavía a mil por hora, pero al cruzar la puerta, encontró a Giancarlo esperándola.
No fue necesario hablar para saber que algo no estaba bien. Ella le contó todo.
Sus ojos, normalmente llenos de vida, ahora reflejaban una severidad inesperada.
—¿Estás molesto? —preguntó Roma, su voz suave, pero con una pizca de preocupación.
Giancarlo negó con la cabeza, pero el gesto no pudo ocultar la angustia que se cernía sobre él.
—Tengo miedo de perderte