—¡No te perdono, Kristal, ni a ti, Alonzo! Ambos lárguense —sentenció Roma con una frialdad desgarradora.
Kristal sollozó, su rostro estaba empapado de lágrimas, pero sus ojos reflejaban desesperación, no arrepentimiento.
—¡Roma, por favor…! Hazlo por mi bebé, te lo suplico. Perdóname por mi hijo, incluso… incluso lo llamaré Benjamín, en honor a tu pequeño.
Un escalofrío recorrió el cuerpo de Roma. No podía creer lo que acababa de escuchar.
Su mirada se clavó en Kristal con un odio tan profundo