—¿Qué dijiste? —La voz de Giancarlo sonó grave, tensa. Sus ojos oscuros brillaban con furia, una tormenta se encendía en su interior.
Roma tragó saliva, sintiendo cómo el aire en la habitación se volvía denso, pesado.
—Alonzo… me besó —dijo en un susurro, pero antes de que Giancarlo pudiera reaccionar, añadió con urgencia—: ¡Pero lo rechacé! ¡Juro que lo hice! Me tomó por sorpresa, se volvió loco cuando supo que yo gané el negocio con los Vicent.
El silencio entre ellos fue sofocante.
Giancarlo