Mateo estaba desesperado. La angustia lo devoraba mientras caminaba de un lado a otro en el pasillo del hospital. Cada minuto que pasaba se sentía eterno, como si el tiempo se burlara de él, prolongando su sufrimiento. Su esposa llevaba siete días sumida en la inconsciencia, y aunque los médicos le habían dicho que solo quedaba esperar, la incertidumbre lo estaba matando.
Entonces, el doctor apareció.
Mateo se lanzó hacia él, con el corazón al borde de estallar.
—¿Cómo está mi esposa? —preguntó