Roma sentía una rabia tan profunda que sus venas parecían arder con cada latido de su corazón.
El dolor de la traición la consumía, pero la furia, la furia era lo único que la mantenía en pie.
No podía soportar la presencia de ese hombre, el hombre al que alguna vez amo, y luego la envió al más terrible infierno junto a su hijo.
—¡Qué venga seguridad! —su voz era un rugido lleno de desdén.
Entró en la oficina, y ahí estaba él, Alonzo Wang.
Se levantó, pero Roma no pudo evitar mirarlo con una mez