Los autos seguían pasando, y el bullicio de la ciudad se hacía cada vez más lejano.
Tory, con los ojos fijos en el horizonte, sintió una sensación inexplicable en su pecho.
El aire fresco de la tarde la envolvía, pero su mente no podía dejar de pensar en lo que acababa de ver. Humberto, allí, parado entre la multitud, observándola con una mirada fría y cargada de odio.
Sus ojos se cruzaron brevemente, y el tiempo pareció detenerse.
—¡Joel! ¡Era él! ¡Era Humberto! —exclamó, la voz quebrada, pero