—¡Roma, no puedes casarte! ¡Tú eres mía!
El grito de Alonzo retumbó en la iglesia como un trueno inesperado.
Un murmullo se extendió entre los invitados, mezclado con jadeos de sorpresa y miradas de incredulidad.
Roma sintió un escalofrío recorrerle la espalda al ver la figura del hombre que tanto daño le había hecho, interrumpiendo su boda como un espectro del pasado.
Se apartó el velo con un movimiento brusco, dejando al descubierto su rostro, que no reflejaba más que ira contenida.
Esperaba q