Alonzo condujo sin rumbo.
No veía los semáforos, no distinguía los autos a su alrededor, no escuchaba nada más que el estruendo en su mente.
Su corazón latía con violencia, su respiración se agitaba y sus manos, crispadas sobre el volante, temblaban de rabia y dolor.
De pronto, la desesperación lo ahogó. Golpeó el volante con furia. Una vez. Dos. Tres.
—¡Maldita sea! —gritó, su voz quebrada por una tormenta de emociones contenidas.
El eco de su furia se perdió en el interior del auto. Inspiró ho