El aire en la habitación se sintió denso cuando Giancarlo tomó la mano de Roma.
Sus ojos, oscuros y profundos, se encontraron con los de ella, llenos de angustia y culpa.
Roma acarició su rostro con una ternura desesperada, como si con ese simple gesto pudiera borrar todo el sufrimiento que los rodeaba.
Pero la calma duró poco.
La puerta se abrió de golpe, y la estruendosa entrada del doctor, junto a Carmen y Carla, rompió el momento como un cristal haciéndose añicos contra el suelo.
—¡Es esa mu