88. El sueño de Irene
POV ALESSANDRO BALESTRI
Llegué a Bruselas a primera hora de la mañana. La casa estaba en silencio, cálida, con ese aroma a hogar que solía asociar con Irene.
Sabía que ella aún dormía.
Caminé hacia la cocina, preparé su desayuno con calma —café recién hecho, tostadas tibias y un pequeño tazón de frutos rojos— y subí con la bandeja entre las manos.
Al abrir la puerta de la habitación, la encontré como un cuadro perfecto: dormida, tranquila, con su cabello extendido sobre la almohada.