Catalina estaba harta del pelotero insesante de las mujeres que la rodeaban, se despidió del grupo lo más cordialmente posible e intentó acercarse a la mesa donde Sander bebía solo, con expresión miserable en su rostro.
Sin embargo, una alto y robusto hombre se atravesó en su camino.
— La he estado observando toda la noche, signorina. No creo que nos hayan presentado y creo que usted no se ha fijado en mí.
–Sí que me he fijado en usted –replicó al tiempo que se volvía de nuevo y fingía una so