Alessander despertó, sintiéndose incómodo. El sitio sobre el que dormía era demasiado estrecho, sin embargo, al abrir los ojos una enorme y lobuna sonrisa se apoderó de sus labios.
Su preciosa estaba aún dormida y tibia en su abrazo.
Contempló con curiosidad las diminutas pecas sobre la nariz de Catalina y depositó un rápido beso justo allí. Luego se tomó unos minutos para acariciar la oscura cabellera y el delicado rostro que creyó perdidos para siempre.
Había sido un imbécil.
Había renunci