Con el paso de los días, y aunque cada vez ella se mostraba más y más distante, entre ellos fue creándose una rutina.
Alessandro se quedaba trabajando en su laptop, en el despacho de la finca y Catalina iba cada día a trabajar en la escuela.
Lo llamaron a su celular y viendo quién era, sonrió.
–¿Me echas de menos, pastelito?— Susurró coqueto.
–¿Le has echado comida al pez?
Alessandro comprimió sus ojos.
–Catalina, estoy trabajando.
La escuchó resoplar y sonrió, él también se sentía f