83. Ataduras del deseo
La habitación en ese instante se encontraba envuelta en un manto de penumbra, iluminada únicamente por el resplandor tenue y oscilante de las velas que pendían de un lujoso candelabro de araña. La luz ambarina se movía sobre sus pieles, bañándolas en un cálido tono anaranjado que acentuaba cada curva y cada músculo tenso.
Entonces sin perder más tiempo, Valdimir se irguió con la gracia de un depredador. Su figura imponente se alzó sobre Aelina, proyectando una sombra que parecía envolverla por c