75. Bajo el yugo del Rey Lobo
El silencio que siguió a la pregunta de Aelina fue ensordecedor, roto solo por el suave tintineo de los cubiertos en la bandeja que Erik sostenía con manos temblorosas. El joven sirviente, ahora parecía una sombra de sí mismo. Sus ojos, antes brillantes y vivarachos, ahora estaban apagados, hundidos en un rostro hinchado y maltrecho.
Erik intentó sostener la mirada de Aelina, pero el dolor y la vergüenza lo obligaron a bajar la vista, no le gustaba que la Reina que era una mujer humana hermosa y