33. La tensión aprisionada de la pareja
Luego de decir eso, le soltó el cuello, solamente para sujetarle la mandíbula con fuerza, obligándola a mirarlo a los ojos y estar aún más cerca de él. Los labios de Aelina temblaron al sentir su aliento cálido sobre su rostro.
—Escúchame bien, mujer —murmuró con voz amenazante, mientras sus ojos se paseaban por toda la fisonomía de Aelina, quien respiraba entrecortadamente, sintiendo cómo su zona íntima, debido a esa peligrosa cercanía con él, volvía a contraerse, gustosa por los susurros amena