127. Encuentro con Nikolai
El aire en aquel calabozo era denso y cargado, impregnado con el aroma a humedad y el sabor metálico del miedo. Las antorchas que estaban afuera en las paredes proyectaban sombras que parecían burlarse de los presentes, creando un ambiente de inquietante misterio desde el punto de vista de Aelina. En este escenario, Nikolai, con sus ojos color ámbar, penetrantes y fríos como el hielo, observaba a Aelina con una curiosidad devoradora y una rabia inexplicable para la pelinegra.
Nikolai se pudo dar