Hilaria, al ver a Bernardo con la cabeza envuelta en vendas, corrió hacia él alarmada:
—¡Primo! ¿Estás bien?
El rostro de Bernardo estaba tan pálido que parecía hecho de cera, sin una gota de color.
Su apariencia lastimera tenía un punto ridículo, casi cómico.
Pero ni Hilaria ni Blanca pudieron encontrarle la gracia.
Blanca apretó los dientes con furia:
—¡Te lo advertí, ¿no?! ¡Te dije que te alejaras de Esteban! ¿Por qué demonios fuiste a provocarlo?
Bernardo apenas podía soportar el dolor; hac